domingo, 5 de diciembre de 2010

       Los animales con locomoción activa poseen una estructura especializada, el esqueleto. Éste, además de cumplir con la función de sostén corporal y protección, brinda el apoyo necesario para el accionar de los músculos encargados del movimiento, e integra así un sistema más amplio denominado locomotor.


   El ser humano es un vertebrado y como tal posee un endoesqueleto óseo, articulado, que soporta el cuerpo y crece a medida que éste crece. La médula espinal está rodeada por segmentos óseos llamados vértebras y el cerebro se encuentra encerrado en una caja protectora, el cráneo.
   Los huesos casi siempre se ven como objetos descoloridos y secos, en museos o en el campo, como los restos de un animal muerto. Parecerán no muy interesantes pero sí tienen una vida propia. Al observar delgados cortes de hueso, los primeros microscopistas se sorprendieron ante una microarquitectura compleja y simétrica que refleja la activa vida del hueso.
                                                                 
El esqueleto de un humano adulto tiene 206 huesos, y se lo puede dividir en dos regiones: el esqueleto axial y el esqueleto apendicular.
   El esqueleto axial comprende el cráneo y cara, la columna vertebral y el tórax. Durante la evolución humana experimentó una serie de cambios hasta adquirir la estructura típica y los huesos que lo forman. El aumento del tamaño del cerebro demandó el aumento paralelo del tamaño de la caja craneana que lo alberga.
El andar bípedo determinó la formación de la curvatura de la columna vertebral: le otorgó a esta una mayor resistencia, protegió al ser humano de los impactos y lo ayudó a mantener el equilibrio en la posición erecta.
   El esqueleto apendicular está formado por las estructuras del esqueleto que corresponden a las extremidades inferiores y superiores y a las cinturas óseas pectoral y pélvica, que las conectan con el esqueleto axial.

Para saber más sobre la estructura del esqueleto ir a Cuerpo virtual